La cultura universal, víctima del extremismo

Palmira, una ciudad ubicada en un oasis del desierto de Siria, un cruce de imperios donde se veneraba a dioses romanos, orientales y mesopotámicos, ha sido la última víctima de los ataques extremistas que, desde hace años, arrasan diversas joyas de la cultura universal.

Palmira [National Geographic]
Palmira /National Geographic

Conocida como “la perla del desierto”, Palmira, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1980, cuenta entre sus monumentos más destacados con el Gran Santuario de Bel, la Avenida de las Columnas, el Templo de Nebo, los Baños de Diocleciano o el Teatro.

El grupo yihadista Estado Islámico se hizo con el control de Palmira a finales de mayo, tras varios días de combates contra el ejército de Siria leal a Bashar al-Asad. Se trata de un enclave estratégico para el grupo por situarse a medio camino entre la provincia de Deir al-Zur, bajo su control, y Damasco. Un paso más en su ofensiva en Siria e Irak.

No es la primera vez en la historia que el patrimonio cultural es víctima de la guerra y la violencia. En la región lleva años siendo la diana de los ataques extremistas, pero con la llegada del Estado Islámico, en Siria e Irak, está más amenazado que nunca.

En Palmira el EI ya ha empezado a reducir a escombros algunos de sus templos. Amparándose en los antecedentes vividos en ambos países, y las noticias que llegan desde la ciudad, nadie espera que el resto de sus tesoros arqueológicos sobrevivan en el califato.

Las denuncias a la conquista de Palmira por parte del Estado Islámico no tardaron en llegar. Tanto la Unión Europea, en boca de la alta representante para la Política Exterior, Federica Mogherini, como la UNESCO a través de su directora general, Irina Bokova, consideraron que la destrucción del patrimonio cultural sería “un crimen de guerra”.

Para los yihadistas del EI, que siguen una interpretación extrema del islam suní conocida como salafismo, la veneración de estatuas o tumbas es idolatría.

Un talibán junto a los restos de uno de los Budas de Bamiyan /AFP
Un talibán junto a los restos de uno de los Budas de Bamiyan /AFP

Pero estos yihadistas no han sido los primeros en atentar contra el patrimonio cultural. En el año 2001 el régimen islámico de los talibán en Afganistán destruyó, a cañonazos y con cargas de dinamita, los Budas de Bamiyán, dos estatuas de 55 y 36,5 metros de altura esculpidas en roca arenisca que habían sobrevivido a las inclemencias meteorológicas y a otros intentos de destrucción durante 1.500 años. ¿La razón? La misma: ser ídolos y, por lo tanto, contrarios al Corán.

Al comenzar la Segunda Guerra del Golfo, en el año 2003, el entonces presidente de Francia, Jacques Chirac, calificó de “crimen de guerra” el saqueo que se produjo en el Museo Nacional de Irak. Durante aquellos días de confusión desaparecieron alrededor de 15.000 piezas de hasta 5.000 años de antigüedad. Las razones fueron menos ortodoxas: el contrabando.

“Hay algunos grandes museos en el mundo que, por la riqueza de sus colecciones, son auténticos símbolos de la universalidad humana, que son testigos esenciales de la historia humana, esenciales”, aseguró Chirac.

Los islamistas que ocupaban el norte de Mali destruyeron varios mausoleos antiguos de la ciudad de Tombuctú. La puerta de la mezquita de Sidi Yahya, que según los malienses debía permanecer cerrada hasta el fin de los tiempos, o los mausoleos de Sidi Mohamed y Sidi Moctac, Patrimonios de la Humanidad, fueron arrasados por el grupo extremista Ansar al Din. Eran enterramientos contrarios al islam.

En 2011 una guerra civil estalló en Siria, y Alepo fue escenario de algunas de las más duras batallas. Fue un conflicto que propició el surgimiento del Estado Islámico. Su Gran Mezquita, que databa del siglo VII –donde se hallaban los restos del profeta Zacarías– ya no existe. Según la UNESCO, “la ciudadela y sus madrazas, palacios, caravasares y baños de vapor del siglo XVII forman parte de un tejido urbano armonioso y único en su género”, que antaño corría peligro por la superpoblación. Las bombas fueron, sin duda, más dañinas.

Crac de los Caballeros bajo fuego /@Siria963
Crac de los Caballeros bajo fuego /@Siria963

La ciudad siria de Bosra, con ruinas romanas, bizantinas y de los primeros periodos del islam, presenta grandes daños, así como la Fortaleza de los Caballeros, un castillo del siglo XI también Patrimonio de la Humanidad, que ha sido utilizado por los rebeldes como escondite.

A principios de 2015, la ONU ya advertía de que 24 sitios culturales en Siria, algunos con 7.000 años de historia, habían sido destruidos. En un informe publicado por UNITAR, el Instituto de Investigación y Formación de Naciones Unidas, se señalan otros 104 sitios severamente dañados, y 85 con daños moderados, además de otros 77 que están posiblemente afectados.

El EI destruyó, cerca de Mosul, el santuario de Jonás, la tumba del santo o profeta venerado tanto por cristianos como por musulmanes que fue devorado por una ballena y cuya historia figura tanto en la Biblia como en el Corán. También destrozó estatuas asirias milenarios en el Museo de Mosul, y quemó miles de libros. Varios hombres derribaron, golpearon con mazas, trituraron y taladraron esas esculturas que habían sobrevivido en las ruinas de Nínive.

“Musulmanes, los objetos que están detrás de mi son ídolos de pueblos anteriores al nuestro. Los asirios tenían dioses para la guerra, la lluvia, y se aproximaban a ellos a través de ofrendas. El profeta nos ordenó deshacernos de las estatuas y las reliquias”, explica un combatiente en el vídeo que muestra la destrucción.

La difusión del vídeo provocó reacciones en instituciones culturales de todo el mundo, como la feria ARCO que guardó un minuto de silencio, o el museo Louvre de París, que aseguró en un comunicado que “estas destrucciones constituyen una nueva etapa en la violencia y el horror, pues es toda la memoria de la humanidad la que es tomada como objetivo”.

Pocas semanas después Nimrud, uno de los principales vestigios de la era asiria, fundada en el siglo XIII antes de cristo a orillas del río Tigris, fue saqueada y demolida por el Estado Islámico. Un yihadista amenaza durante la grabación, hecha pública el 12 de abril, con destruir todas las estatuas del mundo.

“Cada vez que conquistamos un territorio, destruimos los símbolos del politeísmo y difundimos el monoteísmo”, recalca el extremista en el vídeo.

“No podemos permanecer en silencio. La destrucción deliberada del patrimonio cultural constituye un crimen de guerra. Hago un llamamiento a todos los responsables políticos y religiosos de la región a alzarse contra este nuevo acto de barbarie y recordar que no existe justificación política ni religiosa alguna para destruir el patrimonio cultural de la humanidad”, aseguró al día siguiente, 6 de marzo, Irina Bokova, directora general de la UNESCO.

Un soldado en Hatra /EPA
Un soldado en Hatra /EPA

Las palabras de Bokova fueron inmediatamente respondidas por el Estado Islámico, que el 7 de marzo asoló la ciudad de Hatra, también Patrimonio de la Humanidad. Las ruinas, que databan de hace más de 2.000 años, fueron arrolladas por grandes buldócer. Sus murallas, que ayudaron a resistir el asalto romano, fueron destruidas, como el Palacio o el Templo. En el vídeo, un yihadista explica que con sus acciones imitan los pasos de Mahoma, que destruyó los ídolos de las diferentes deidades locales al llegar a La Meca.

Poco después de destruir Hatra, y antes de conquistar Palmira, el Estado Islámico devastó la antigua ciudad iraquí de Dur Sharrukin, capital asiria durante el reinado de Sargón II, donde utilizaron varias excavadoras para derribar el sitio arqueológico o el Palacio del Rey Senaquerib.

La destrucción de restos de gran valor arqueológico no es la única forma con la que el Estado Islámico ataca el patrimonio histórico. Como denunciaron los responsables de una decena de países de Oriente Próximo y el norte de África y de varias organizaciones reunidos en Egipto en la conferencia “La propiedad cultural bajo amenaza”, el grupo yihadista se financia a través de la venta de antigüedades en el mercado negro.

Los expertos reunidos en El Cairo consideran que el EI utiliza la destrucción del patrimonio con fines propagandísticos frente a las cámaras, pero tras ellas tienen una actitud más estratégica: la introducción de objetos de valor arqueológico robados en el mercado internacional de antigüedades.

El diario británico The Times reveló que varias piezas arqueológicas saqueadas por el EI en Siria e Irak habían aparecido a la venta en Internet. La ONU considera este contrabando de antigüedades como una de sus tres principales vías de financiación, junto a la venta de petróleo y los secuestros.

Entre las medidas tomadas contra este fenómeno, la presentada en la Universidad de Bagdad por Irina Bokova, directora general de la UNESCO: una campaña que empleará las redes sociales para contrarrestar “la propaganda de limpieza cultura y destrucción del patrimonio cultural” de los grupos extremistas bajo el título de #United4Heritage (Unidos por el Patrimonio).

También la Asamblea General de la ONU ha actuado y, tras una reunión, condenó la destrucción y el saqueo del Patrimonio Histórico perpetrado por el Estado Islámico, “pérdidas irreparables para el Iraq y para toda la humanidad”, y exigió, en un texto no vinculante, medidas para proteger la herencia cultural ante el azote de los yihadistas.

El patrimonio robado se puede recuperar, como ha ocurrido en el Museo Nacional de Irak; el destruido: no.

Aún así diversas iniciativas públicas y privadas luchan por recuperar la luz en aquellos lugares donde el extremismo las apagó. Los Budas de Bamiyán no podrán volver a alzarse, pero no tienen porqué olvidarse. Los residentes de Tombuctú se han unido para reconstruir los Mausoleos arrasados.

Existen proyectos que pretenden recrear virtualmente las maravillas destrozadas en el Museo de Mosul, e incluso una red de voluntarios que, sobre el terreno, vigilan el Patrimonio en peligro.

“Con tanta gente muriendo a quién le importa el arte. Se equivocan porque es justo por lo que estamos luchando, por nuestra cultura y nuestro modo de vida. Se puede borrar a toda una generación de gente, quemar sus hogares hasta los cimientos y, de alguna manera, volverán. Pero si destruyes sus logros e historia, es como si nunca hubieran existido”, asegura George Clooney en su film The Monuments Men.

No es la primera vez que la guerra y la violencia causa estragos en el patrimonio. Pero si a los yihadistas les importa, aunque sólo sea para destruirlo y venderlo, ¿cómo no iba a importarnos a nosotros?

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